"¿Mi objetivo? Devolver a Italia a la cima del fútbol mundial". Roberto Mancini es un hombre de pocas palabras, nunca ha dejado de lado una cierta reserva, o quizás timidez. Pero desde que se convirtió en el nuevo comisario técnico de la selección (mayo de 2018), ha devuelto a los aficionados italianos el derecho a soñar en grande. Y ahora le espera la gran prueba de la Eurocopa 2020 (cancelada el año pasado por la pandemia).
Hay que reconocerle el mérito de haber recogido los pedazos de la selección tras la eliminación del Mundial y la desastrosa gestión de Ventura (o desgracia, como se le ha rebautizado). Profeta de la "predilección por las jóvenes promesas", desechó a los campeones de la bolsa y a los blasones para reunir a los jóvenes más prometedores, incluso a algunos que ni siquiera tenían un puesto de titular.
En 3 años, Roberto Mancini, conocido como Mancio, no ha perdido ningún partido y ha reavivado los sueños de los italianos afligidos por la pandemia, la burocracia, la mala política y un prestigio internacional que se ha desvanecido en todos los frentes. Así que la pelota se convierte en consuelo.

Un talento precoz

De padre carpintero y madre enfermera, 56 años, sagitario de Jesi en la región de las Marcas, casado dos veces y con tres hijos mayores, Il Mancio fue -como escribe Wikipedia- "uno de los mejores centrocampistas ofensivos de la historia del fútbol italiano", uno de los más grandes junto a Roberto Baggio, Francesco Totti y Alessandro del Piero.
Talento precoz, debutó en el Bolonia cuando aún tenía dieciséis años, luego pasó a la Sampdoria donde, con Vialli se convirtieron en "los gemelos del gol", donde ganó el Scudetto con el serbio Boskov (90/91) y fueron los años dorados de la legendaria Sampdoria de aquellos años.
Más tarde, Mancini jugó en el Lazio y luego en el Leicester City, donde terminó su carrera como "fantasioso y segundo delantero, más que un verdadero bombardero", como siempre se ha definido. En su palmarés también cuenta con 36 apariciones en la selección nacional con sólo 4 goles. Pero, si como jugador no ha hecho mucho en Italia, Mancini como entrenador parece tener un gran futuro. Al fin y al cabo, no llegó al banquillo azzurro sin estar preparado.

El entrenador de la promesa

Inspirado por Boskov y Eriksson, colgó las botas, pero convencido de que el fútbol era su vida, Mancini decidió convertirse en entrenador, y lo consiguió, ganándose los galones primero entrenando al Lazio, luego a la Fiorentina, al Inter, al Manchester City, al Galatasaray y al Zenit de San Petersburgo: como entrenador ganó 4 Copas de Italia, 2 Supercopas y 3 campeonatos.
Hasta el día en que le llamaron para reconstruir nuestra selección nacional e inmediatamente empezó a trabajar duro para ganar el reto. No es una tarea fácil en un campeonato como el nuestro atestado de demasiados extranjeros (porque cuestan menos), y donde hay poco espacio para los buenos jugadores jóvenes. Mancini ha recorrido toda Italia, ha analizado a los grandes equipos y a los provincianos, ha conseguido reunir un grupo sólido y motivado, que ha mejorado partido tras partido.
Porque su gran cualidad, como escriben los periodistas deportivos, "no es criticar, sino infundir valor, entusiasmo, transmitir humildad y mentalidad ganadora". No hay que olvidar, pues, la astucia de implicar a un cuerpo técnico de primer orden con Chicco Evani, Gianluca Vialli, Attilio Lombardo, por citar a los más cercanos.
Siempre con un aspecto refinado, gran aficionado a la navegación (posee un yate de 30 metros), Roberto Mancini parece destinado a reavivar los sueños de los aficionados italianos. Reconstruir una Italia fuerte que juegue, dé espectáculo y gane. Como ocurrió con Bearzot en el Mundial de España, con Lippi en el de Francia y con el legendario Vittorio Pozzo, que ganó dos Mundiales en los años del fascismo (1934 y 1938).