Lo que yo no sabía, es que soy parte de una sociedad de deportistas irreducibles. Gente que entrena como Rocky Balboa y que no pierde ocasión de utilizar todo su tiempo libre en actividades deportivas.

 Gracias al maldito Covid19, me he quedado confinado en Dénia, un bonito pueblo costero en la provincia de Alicante, en España. Entre sus ciudadanos ilustres no hay ni un deportista, ni entre los que vienen de vacaciones. Dénia es famosa por ser la ciudad de España con más fiestas populares, por ser un destino gastronómico internacional y por tener el puerto turístico de la costa continental más cercano a Ibiza y Formentera. En fin, vivo en una perla turística de alto interés, siempre que haya turistas que gasten.

Hoy en día de turistas no hay ni el olor, que es el de las cremas solares al coco, el tufo de las cocinas que venden paellas y fritura de pescado a esos gilipollas con chanclas y calzoncillos colorados, esos que quieren tratar cualquier precio, pensando que son muy buenos en raspar un descuento a precios inflados por tres. Benditos turistas, los nacionales casi todos de Madriz, que llevan camisetas y chanclas también cuando llueve, que no se pierden ni cinco minutos de playa desde por la mañana hasta la noche, cargados con sillones, sombrillas, juegos para los niños, libros, toallas y esterillas. Diferencias: los domingueros van a la playa con todos estos trastos a hombros, en bolsas de ikea y ya en bañador y sin camiseta, blancos de crema solar mal puesta. Los habitué los llevan con un carrito Pininfarina en kevlar, vestidos con ropa de lino y gafas de sol exclusivas. Pero los turistas este año no están, de momento. Siguen encerrados en sus casas horneando pizzas, panes y hogazas como si no hubiera un mañana, probando la masa madre que guardan celosamente en el fondo de la nevera, como si fuera el secreto del ingrediente secreto de Kung-Fu Panda.

Y cuando en un pueblo costero no hay turistas, la gente local toma las riendas. No se puede creer cuantos indígenas (en el buen sentido del significado) salen a la calle a desahogar su alma y sus ganas de socializar. Pero puesto que pasear está prohibido, todos a hacer deporte. Y es así que descubres que tu vecino hace yoga, que la tetona de enfrente intenta el thai-chi y el Mr. musculo de la esquina sigue sin hacer nada, pero en chándal. Gente que hace deporte junto a gente que del deporte lee solo las noticias. Todos en los parques haciendo abdominales, flexiones ó también movimientos de antiguas artes orientales. Todas las máquinas de gimnasia de los parques están presidiadas por individuos que se han inventado un trabajo vigilando a los usuarios y diciéndoles si pueden usar el aparato y cual y por cuánto tiempo. Las carreteras en cambio se han llenado de ciclistas. Todos rigurosamente over50, en uniforme reglamentar del Tour de Francia, atocinados por las pizzas caseras de sus mujeres (-cariño que hago, no la voy a tirar-), con las cantimploras llenas de gintonic y sudados como camellos.

Y cuando termina la hora de poder hacer deporte, todos a casa a cambiarse y bajar otra vez a pasear el perro que, pobre, no puede aguantar toda la tarde. El perro ha pasado de ser un problema familiar a ser un objeto de deseo para pasearlo siete veces al día, como si tuviera próstata. Y cuando se termina con los perros están los niños y los mayores y, desde esta semana, también los bares. Sí señor, los bares han vuelto, aunque con restricciones. Sigue la prohibición de no poder pasear, pero puedes irte al bar a por una caña sin que nadie pueda impedirlo.

Un escenario perfecto, vivo confinado en una ciudad del deporte, con perros prostáticos y bares abiertos. La tele dice que están pensando en cómo la gente pueda llegar a una nueva normalidad, cómo tener una socialización aceptable y una vida sin grandes restricciones. Me gustaría volver a lo que teníamos, sin nuevas reglas, iban bien las que había. Todo este sacrificio, indiscutible y válido, no tiene que ser el pretexto para cambiar nada. Los experimentos como El Gran Hermano VIP, que se queden en la tele a divertir los que le aprecian. Yo prefiero vivir

Para la inmensa minoría.