El escenario es un clásico: un baño de una casa cualquiera, un charquito de agua delante de la puerta de la ducha, vapor ambiental y olor a frescor y a flores cítricos. De forma disimulada, desde un altavoz conectado a Spotify, la voz de Patti Drew está cantando Hard to Handle. El hombre sale de la ducha y empieza a secarse con una toalla de algodón blanco mientras juega con su reflejo en el espejo cubierto de vapor. Una imagen muy normal, sin secretos, con gestos que todos repetimos día tras día. ¿Pero que pasaría si el champú no se hubiese inventado? ¿Con que te lavarías el pelo? Y el pelo de la vecina, ¿esa masa amarilla que gotea grasa por todos los lados? ¿Y los piojos de los niños cuando vuelven del cole? En fin, que haría la humanidad sin un producto tan básico que nos permite quedar bien con los demás, que nos deja esta sensación de frescor e higiene, y que libera nuestros hijos de los malditos piojos de los colegios. 

El champú, este producto básico, es indispensable para la vida cotidiana de todos nosotros. ¿Quién fue el inventor del champú? 

Como siempre las grandes invenciones nacen de la mano de personas que poco tenían a que ver con el asunto. Esta es la historia de una familia india, de la india de toda la vida, que en Londres del 1755 decidieron abrir una tienda de comida para llevar, pollo frito y otros manjares hindúes. El patriarca de esta familia se llamaba Sake Dean Mahomed, y era una celebrity de la época, era cirujano, viajero y emprendedor. Gracias a su take-a-way que llamó Ayra, en nombre de su amada mujer, introdujo la cocina india en Inglaterra revelando a los ingleses que la comida es algo más que el fish and chips

Su hija, Najali, era la que se encargaba de empaquetar la comida y cobrar a los clientes. Era guapísima y exótica, nada a que ver con las pelirrojas blancuchas del barrio. Tenía un pelo negro azabache, largo y reluciente, siempre envuelto en un pañuelo de mil colores, atado con una cuerda fina y dorada como su piel. 

Najali era el sueño prohibido de Pedro, un gaditano de buen porte que regentaba una tienda de sombreros de lujo justo en la acera de enfrente, llena de clientes finos y aristócratas. La comida de Mahomed era buenísima, pero no conseguía llegar a las altas esferas de la sociedad londinense, que eran los clientes de Pedro, que hubiesen llenado la caja del Ayra con sus billetes de muchos ceros. Los aristócratas veían la comida de Mahomed como algo sucio, sin apenas atractivo, que se comía en las colonias. Además, Najali aparte, todos tenían un aspecto de cocineros guarros, con ropa llena de manchas y pelo grasiento. El mismo Pedro estaba horrorizado con que estas cabezas de pelos untos quisiesen probar uno de sus sombreros de franela cepillada. Mahomed mientras, en una de sus tardes jugando al bridge, decidió emprender otro nuevo negocio y abrí en Brighton un centro de bienestar llamado Mahomed's Indian Vapour Baths, el primer Wellness Club de la historia. Al puro estilo hindú, este centro estaba lleno de masajistas, bailarinas y aromas de incienso. En poco tiempo toda la alta sociedad inglesa lo frecuentaba, entre sus clientes se anotaron también los reyes Jorge IV y Guillermo IV. Estos baños eran similares a los baños turcos, pero los clientes recibían, entre otros, un tratamiento indio llamado champi, una especie de masaje capilar terapéutico. Sus servicios eran muy apreciados, y Mahomed recibió el alto honor de ser nombrado Doctor de Champi por el rey Jorge IV. Gracias a este último negocio, el take-a-way llegó a ser un restaurante respetado y los trabajadores del mismo empezaron a ser más presentables, con un aire más limpio. Mahomed utilizó el Ayra para dar a conocer su centro de bienestar e al mismo centro para que los aristócratas fuesen a gustar los manjares que este señor traía del lejano oriente. 

Mientras, Pedro intentaba resolver el otro problema de su tienda: los piojos de sus clientes. 

Tanta aristocracia, con sus carrozas y pajes y joyería, pero con las cabezas podridas de piojos. Pedro conocía un polvo que un egipcio le vendía a cambio de una puta pagada dos veces al mes en el Sentinel, el burdel más sucio de toda Londres. Ese polvo mataba a los piojos y su venta bajo cuerda en la tienda era muy superior a la de los sombreros que, la verdad, estaban muy pasados de moda. Cuidado, el misterioso producto de nuestros amigos hindúes para masajear la cabeza, objeto del deseo de todos los ingleses de la época, que todos entendían como bálsamo, era en realidad un detergente perfumado que suavizaba el pelo y lo dejaba sedoso y brillante. En la lejana India era todo un clásico y también era el secreto del pelo de Najali que, por fin aceptó salir con el tímido Pedro y dar un paseo por Chelsea sin decírselo a su padre. 

Los celos de los barberos y peluqueros de Londres estaban por las nubes, nadie conseguía copiar este producto y sus negocios caían en picado. Habían intentado hervir el jabón en agua y añadían hierbas aromáticas para dar brillo y fragancia al pelo, sin llegar al nivel de Mahomed hasta que un tal Kasey Hebert le propuso producir el champi de forma industrial. Mahomed rechazó la propuesta, aunque dejó la decisión en las manos de Najali que, mientras, se había casado con Pedro. Kasey empezó a elaborar un producto muy similar, pero con el fin de que fuese un detergente, sin acciones balsámicas. Mahomed y Najali consideraron que el Shaempoo de Kasey era un producto muy inferior al de ellos y descartaron cualquier colaboración con él, dejando que el Kashamp se empezase a vender por las calles de la ciudad en frascos de 5 onzas. Pedro dejó los sombreros y empezó a vender de forma organizada el Kashamp a todo el país utilizando parte de la producción para mezclarla con el polvo antipiojos, su éxito fue enorme. Su unión con Najali terminó dos meses después. 

Kasey Hebert es hoy considerado el inventor del champú y su primer fabricante industrial. De Mahomed y Najali se ha perdido el rastro, a nadie más le ha importado comer hindú en Londres y el centro de Wellness en Brighton lo vendieron a un oligarca ruso, dueño del Sentinel, y que lo reformó como geriátrico. La tienda de Pedro se quemó entera en el gran incendio del 1823. Todas las ingentes ganancias del antipiojos se fueron en los bolsillos de Kenny Pickett, una puta y viuda irlandesa que se aprovechó de Pedro dejándolo en la ruina. 

Esta es la historia de cómo el champú llegó al mundo, me he permitido exagerar algunos detalles secundarios para que la historia fuese más agradable. Que viva el champú, viva Mahomed, viva Najali, viva Pedro, y sobre todo, que vivan los piojos. 

Para la inmensa minoría.