Desde que ha llegado el Covid19, nuestras vidas ya no son las mismas. Entre el confinamiento, el cuentagotas para salir de casa, las prohibiciones y las carreras a quien tiene más papel higiénico en casa, todo ha cambiado. Las mascarillas no se encuentran en ningún sitio, los guantes tampoco, el gel desinfectante cuesta como una botella de ron añejo y las interpretaciones sobre como respetar las reglas son dignas de una película de Fellini. Y así entre miles historias, navegamos en una pandemia universal que no reconoce los débiles de los fuertes y castigando sin aviso y sin piedad familias enteras que no pueden ni despedir a sus difuntos. 

Mientras tanto, vivimos ejemplos de todo tipo que nos hacen reflexionar. Hay los negativos, donde algunos irresponsables anulan el sacrificio de una entera nación obligada en casa sin poderse acercar a nadie. Ejemplos feos, en los que nadie se reconoce pero que muchos cometen, justificándose después con historias sin moralidad. También hay los positivos, los bonitos, hechos por gente de madera noble, que sabe que las cosas justas son, también, un ejemplo para todos. 

La semana pasada fui al supermercado a comprar y estaba en cola a la caja, respetando el metro y medio de distancia entre los que, como yo, tenían que pagar su compra. Todos con mascarilla y guantes y la mirada triste. Delante de la caja estaba una señora que estaba pagando. -Cuarenta y seis con cuatro céntimos, señora. – -Perdóneme, no me he traído la VISA, pagaré en metálico.- Abre su cartera y saca cuatro billetes de diez, todos juntos. -Lo siento, tengo solo cuarenta dólares, quitaré algo de la compra.- Su compra estaba hecha de cosas esenciales, aceite, fruta, pan y verduras. Ningún capricho, nada que pudiese ser superfluo. Sus manos buscaban algo para quitar de la compra, algo para quitar a su familia. Vestía bien, aunque sin prendas caras, su rostro estaba cansado, sufriendo, quizá, el resistir sin trabajo y con una familia que mantener. Antes que su mano decidiese lo que tenía que quitar, el hombre detrás de ella en la cola se agacha recogiendo algo en el suelo y le dice: -Señora, se le ha caído este billete de diez dólares de su bolso, es suyo, coja.- Era evidente que ese billete no era suyo y empezó a mover las manos como a rechazarlo, pero se bloqueó de golpe, gracias a la sonrisa buena y gentil de aquel señor. Cogió los diez dólares y pagó de prisa, con la emoción que le llenó los ojos. Se fue, con sus bolsas de la compra, mirando aquel hombre y diciéndoles gracias sin mover los labios. 

Ese hombre hubiese podido darle el dinero en la mano, o también pagar su compra entera, sin embargo respetó la dignidad de la señora y también la suya con un gesto elegante, noble, que todos percibimos, y que nos ha hecho participes de una generosidad propia de la gente que somos, que te deja orgulloso de pertenecer a una sociedad abierta que ayuda a todos, sin diferencias de banderas, color o religión. Ese caballero, con un pequeño gesto, ha devuelto la confianza a mí y a todos los que hemos visto cómo se puede ayudar a alguien sin humillarle. 

Si todos nosotros, a veces, recordásemos que con poco podríamos hacer muchísimo, creo que este bonito país, sería un pequeño, maravilloso paraíso. 

Para la inmensa Minoría.