Durante todo este período de pandemia, los únicos temas tratados en cualquier foro han sido sobre el COVID19. En familia, entre amigos, colegas y transeúntes. 

En los noticiarios y en los periódicos no se ha hablado de otra cosa, como si el mundo se hubiese parado sin generar ninguna otra noticia digna de ser comentada. 

Solo otro suceso ha hecho discutir a la opinión pública de todo el mundo: la muerte de George Floyd. Y es más, este trágico hecho ha impulsado la rabia de todos los que necesitaban manifestarse en contra de una injusticia racial que llega desde muy lejos.

Todo comienza en EEUU, donde la pandemia está haciendo verdaderos estragos, y desde donde últimamente están llegando sólo dos cosas: las necedades de Trump y la violencia de su policía. También hay que decir que en EEUU no existe un cuerpo nacional de policía, como, por ejemplo, en Europa. Lo que tienen son muchos cuerpos de policía locales, regentados por leyes y reglamentos decididos por los consejos ciudadanos, gestionados por sheriffs que, en las provincias, se parecen más a un personaje de ficción que a un funcionario al servicio del contribuyente. Allí, lejos de las grandes urbes de las costas este y oeste como NYC ó LA, están las ciudades como Minneapolis, cuya policía es la de la provincia profunda y donde un capullo llamado Derek Chauvin aplica el concepto de seguridad pública basado en el miedo, concepto que empuja a la gente a comprar armas como si fuesen juguetes y que pueden ser usadas, como sucede en repetidas ocasiones, por fanáticos para disparar sobre el público de un concierto ó masacrar estudiantes en un campus. El capullo Chauvin mata ahogando a un señor sin preocuparse de nada, él estaba haciendo su trabajo que es reducir al ladrón pillado en el medio del crimen. 

Esta tragedia, se ha multiplicado exponencialmente en un tsunami de protestas imparables, justificando en estas manifestaciones, la violencia de ambos bandos. Por un lado está la ley, el cuerpo de policía, la política que llega al mismísimo presidente Trump. Por el otro lado están los que tragan día tras día la arrogancia y las prevaricaciones de los anteriores, los que pagan la sanidad, los que no tienen claro si sus derechos son iguales a los de otros, los que se dejan seducir por otros fanáticos que derriban estatuas de Cristóbal Colón, intentan fastidiar la de Churchill ó de Indro Montanelli. 

Minneapolis, una ciudad que vio nacer a Roger Nelson, un músico que quiso ser inmortal llamándose Prince, escribiendo entre las mejores canciones de paz y tolerancia de la historia. Minneapolis, hoy, un foco de violencia racial que, como un virus, está dando la vuelta al mundo. Y se convierte en una ola, se quitan productos alimentarios de las estanterías por llamarse con algo que suene al color negro, se pone en discusión la película Lo que el viento se llevó por discriminación racial, se opina sobre un personaje de Disney que tiene un aspecto reconducible a un afroamericano. Como los talibanes con los templos históricos. Si esto sigue así, llegaremos a quemar libros como los nazis del ’33. 

Este tipo de violencia racista da miedo, porque es impuesta y priva a la gente de su libertad de juicio. El respeto a las personas tiene que nacer de la libertad, la inteligencia y la tolerancia. Nadie puede decirnos lo que tenemos que hacer, pensar y decir. Nadie puede pasar por alto los derechos fundamentales de cada uno de nosotros. Nadie puede borrar el pasado y la memoria de la gente cambiando nombres o datos históricos. Los ladrones tienen que pagar por sus delitos sin que su condición autorice a otros a pasarse de cualquier norma sintiéndose en lo justo. 

El respeto de la gente no puede ser ganado por estos hechos, se gana con el conocimiento, la curiosidad, viajando, leyendo libros, escuchando voces diferentes, intentando entender dónde está lo bueno y lo malo de las cosas. 

Se llama libertad, y, les aseguro, hace falta muy poco para perderla. 

Para la inmensa minoría. 

PD, gracias a RP, que me alimentó estas ideas.