Cristobal Colón sigue siendo, aún después de siglos, un personaje muy enigmático. 

Sus orígenes, personalidad y trayectoria, están sembrados de opiniones divididas, teorías contrastantes, calumnias, leyenda y mucha especulación.

Países, como Italia, España y Portugal se disputaron su gentilicio, e inclusive, dentro de la propia Italia, se discute todavía si el Navegante era Genovés, procedía de una localidad de la actual región italiana del Piemonte o si bien nació en la que es hoy la región italiana de Cerdeña. Su fecha de nacimiento también es incierta, se dice que fue entre los meses de agosto a octubre de 1447 ó 1451.

Inclusive su origen familiar es tema de controversia. Según algunas investigaciones, aparentemente bien fundadas, el Navegante no era en absoluto el hijo de un humilde artesano textil. Existe la hipótesis que fue en realidad miembro de la noble familia aristocrática “Colombo” di Cuccaro, del Marquesado del Monferrato en Piemonte.

Redescubriendo a Colón.

Todos coinciden en que su padre se llamaba Domenico Colombo. Muchos textos sostienen que éste era un genovés, artesano textil, que se casó con Susanna de Fontanarossa y que “Cristophoro” fue uno de sus cuatro hijos. Sin embargo, por otro lado se argumenta que su padre, era de origen noble: Señor de Cuccaro, y su madre, no era Susanna, sino, una tal Marietta, noble dama de los Marqueses de Ceva, Señores de Lesegno.

Los sostenedores del origen noble del célebre navegante, hacen notar que el padre de Marietta, presunto abuelo, se llamaba igualmente con él poco usual nombre de Cristóbal. También se alega que el Almirante mantenía estrechos lazos de parentesco con familias heráldicas piemontesas como los Monferrato y los Savoia; con poderosas familias genovesas como los Spinola, los Fieschi y los Fregoso. Esto puede explicar cómo pudo tener acceso y ser bien recibido en las cortes de Portugal y Castilla. Inclusive aclara como pudo casarse en Portugal con la aristocrática Felipa Muñiz Pierestelo, con la cual tuvo un solo hijo, Diego, aun cuando parece que no fue el único.

Los historiadores Boccianti y Biagioli, contribuyen a enredar el panorama, afirmando con certeza que Cristobal no era hijo biológico de Domenico y de Susanna, sino fruto de un furtiva relación suscitada en Nápoles entre los nobles Gianbattista Cibo y Anna Colonna. Su padre devendría en el futuro cardenal de Génova, que luego ascendió al trono de San Pedro con el nombre de Papa Innocenzo VIII, Pues, así como se lee: Cristobal Colón pudiera ser el hijo ilegítimo de un Papa, dado en adopción a Domenico y Susanna en Génova.

El estudioso Ruggero Marino, quien alega ser el autor de la teoría que propugnan Boccianti y Biaggioli, agrega que hay pruebas en el Vaticano, que el viaje de Colón fue en realidad una iniciativa de la Iglesia, justamente del Papa Innocenzo VIII. El Almirante habría sido un enviado de del Papado, a cambio los Reyes Católicos deberían financiar una nueva cruzada a Tierra Santa a fin de liberar  Jerusalén y el Santo Sepulcro. ¿Esta teoría será atendible? Quien sabe,  pero muchas veces las imágenes cuentan más que la crónica y en este caso, llama la atención, el hecho de que en varias ilustraciones, relacionadas con la llegada de Colon a América, se muestran claramente una cruz: nada más y nada menos que una cruz templaria, símbolo de las cruzadas.


Un hombre noble y culto.

Indagando más fondo sobre la personalidad del Almirante, Ruggero Marino nos ilustra sobre un personaje de estatura moral e intelectual definitivamente superior al promedio de aquel entonces y a cuanto nos fue narrado durante más de quinientos años a través de una falsa tradición basada en la calumnia. Cristóbal Colón era un científico, un reconocido navegante, tenía sin duda nociones de alquimia e inclusive de cábala, como era usual en su época.

La escritura del Navegante impresiona por su vivacidad y sorprendente ritmo. El análisis grafotécnico revela una mente aguda, dotada de intuición y creatividad, de una inteligencia refinada, inclinada hacia la curiosidad y el espíritu de observación. El pensamiento, original, se nota siempre abierto hacia la novedad. Colón escribía con caligrafía perfecta. Sus cartas revelaban siempre gran contenido conceptual y de profundo pensamiento. Su cultura se extendía a textos cristianos, islámicos y hebraicos. ¿Podría un humilde marinero tener un tal bagaje cultural en un mundo como el de su época, donde dominaba el analfabetismo?

El Almirante y la Universidad.

Esta pregunta nos lleva a develar la relación de Cristóbal Colón con la Universidad de la ciudad de Pavía en Lombardía, visto que existe la fundada opinión de que el Almirante aprendió allí las primeras nociones náuticas.

Hay que acotar que muchos estudiosos genoveses nunca aceptaron el hecho de que Colón pudo haber estudiado en Pavía. Sin embargo a revelar éste hecho es el propio Fernando Colón, en su libro «Historie» publicado en 1521. Así lo hace contemporáneamente Bartolomé de Las Casas, amigo personal del Almirante. Para reforzar éstas afirmaciones, debemos acotar que, en 1800 fue instituida una comisión presidida por el entonces rector  de la Universidad de Génova, que concluyó sin lugar a dudas que Cristobal Colón si había realizado estudios en Pavía. Sin embargo, en el siglo siguiente ésta afirmación fue puesta de nuevo en duda.

La circunstancia de Pavía nos reconduce a los orígenes familiares de Cristobal Colón, apoyando la teoría de que Domenico, su padre no podía ser un humilde artesano textil. ¿Cómo podría en ese caso haberse dado el lujo de enviar su hijo a estudiar  al «Studium Ticinense», come era denominada en ese entonces la Universidad de Pavia?

No hay entonces que descartar la posibilidad de que la familia del Almirante procediera realmente de Cuccaro, en el Piemonte, donde era noble y feudal por cuenta de los Marqueses de Monferrato y de donde había sido desalojada por la invasión de los Viscondes de Milán. Por ende Domenico, el padre de  Colón, habría sido un noble decaído  que sin embargo huyendo a Génova, se mantuvo ligado a poderosas familias de esa ciudad.

Un italiano con un proyecto.

El caso es que el contexto histórico, con la toma de Constantinopla por parte de los Turcos, nos presenta un declive del comercio con Asia, a causa de la dificultad de tránsito por la ruta terrestre tradicional instaurada por otro gran personaje como lo fue Marco Polo. Ello obliga a Europa a buscar alternativas de rutas comerciales. Se suscitan una serie de teorías. En el siglo XV, el Portugués Enrique el Navegante, planteaba una ruta marítima a lo largo de las costas africanas, para llegar a Asia.

Otra Tesis fue la del sabio florentino Paolo Pozo Toscanelli, quien sostenía que si se zarpaba de la Gomera, una de las Islas Canarias, a 3,540 Millas Náuticas, siempre en dirección Oeste por el Atlántico, se arribaría al Cipango (nombre con el que se conocía Japón).

Es así como comienza a darle vueltas en la cabeza al futuro “descubridor” la idea de encontrar, por medio de la navegación, una vía que pusiera en contacto a Europa con el Oriente. Concibe un proyecto basado en la tesis de Toscanelli. En 1484 y posteriormente en 1488, el Almirante, solicitó al Rey de Portugal, Juan II, financiamiento para realizar la expedición, pero en ambas ocasiones obtuvo respuesta negativa por cuanto el Soberano consideraba que la Tesis de Enrique el Navegante era la correcta.


Ante esta situación Colón busca otra forma de financiamiento y a través del Duque de Medinacelli, acude por primera vez ante los Reyes Católicos, en Alcalá de Henares, en enero de 1486, recibiendo también la negativa al proyecto.

En 1491 Cristóbal Colón, luego de la segunda negativa del Rey de Portugal,  consigue una nueva oportunidad, gracias a su incondicional amigo, Fray Juan Pérez, uno de los confesores titulares de la Reina Isabel de Castilla, de presentar y defender el proyecto ante su Majestad. En esa ocasión contó con el apoyo de Luis de Santangel, de origen judío, quien ofreció 140,000 Maravedies que costeaban gran parte del viaje. Se celebraron así las Capitulaciones de Santa Fe o Tratado Colombino entre la Corona Española y el célebre Almirante.

Cuatro viajes para develar América.

De ese modo Colón, consiguió financiamiento para efectuar los que serían cuatro viajes desde los puertos españoles de Cádiz y Palos de Moguer,  hacia el nuevo continente que fue bautizado como América. Colón zarpó de Puerto Palos por primera vez el 3 de agosto de 1492, con tres navíos: Santa María, Niña y Pinta. Llegó a San Salvador, hoy Bahamas, donde se produjo el legendario  grito “Tierra, tierra, tierra...” un  12 de octubre de 1492, pronunciado, entre sorpresa e incredulidad, por Rodrigo de Triana, soldado y desertor, más que marinero, desde la carabela Pinta.

El segundo viaje zarpando de Cádiz se inició el 25 de septiembre de 1493. Luego un tercer viaje el 30 de mayo de 1498. 

Cristóbal Colón se habia percatado de que no había llegado a Asia y no declinaba en su firme propósito de buscar un paso a través de esas nuevas tierras para continuar su ruta hacia Oriente. Ello lo indujo a descuidar y delegar la administración de los asuntos locales mientras programaba y ejecutaba los siguientes viajes.

El talón de Aquiles de Colón.

En éste punto de la historia es cuando el intachable expediente del Almirante viene a menos por una gestión a todas luces negligente en las competencias de lo terrenal, encomendadas en gran parte a sus hermanos Bartolomé y Diego en La Española (hoy Santo Domingo), que se había convertido en la sede del poder local.

El enfrentamiento entre tribus y colonos, no fue manejado adecuadamente por el Almirante quien no tenía como gobernante iguales dotes que como navegante. Surgieron actos de venganza, tortura y opresión, que Cristóbal Colón no frenó ni castigó debida ni oportunamente.


La situación lucía descontrolada y la Corona decidió intervenir. El culto e incomparable marino, soñador de expediciones impensables e imposibles, fue entonces apresado por Francisco Bobadilla, revestido con los poderes otorgados por la Corona. En contra de algunas versiones, el Almirante no solo no opuso resistencia, sino que invitó a sus hermanos a entregarse. Su fidelidad a los Reyes era incuestionable. Cristóbal Colón era para entonces un hombre cansado, que había visto cómo se esfumaban la vanidad y los honores concedidos, en un lance más que injusto. En un viaje dramático, uno de los hombres señalados por la historia, para ocupar un sitial único e inalcanzable para el común de los mortales, fue reconducido hasta España a rendir explicaciones ante Su Majestad.

Quizás, la zona errónea del almirante y causante de un grueso malentendido con la reina, se rebeló cuando comenzó a embarcar y enviar, con ánimo de lucro, esclavos de condición caníbal a la península.

Sus diferencias con la Corona serían pronto agua pasada, atenuadas por las disculpas del Almirante y actos de contrición sobrevenidos. La Reina no consideró castigar al Almirante, más allá de recortar algunas de sus competencias. Rehabilitado a los ojos de la Corona, Cristóbal Colón, emprende su cuarto y último viaje, siempre zarpando de Cádiz, el 3 de abril de 1502.

El ocaso del Almirante.

Colón regresa definitivamente a España en Noviembre de 1504, luego de doce años de ir y venir entre España y el Nuevo Continente. Estaba en deplorable estado físico, privo de todo su ingenio, habilidad política, diplomacia y característica sonrisa. Pocos días después fallecía su protectora, la Reina Isabel.

Abatido y enfermo vivió Colón unos meses en Sevilla, luego se trasladó a Valladolid, lugar donde murió el 20 de mayo de 1506, después de haber recibido los santos sacramentos. Sus últimas palabras fueron: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”.


El Rey Fernando hizo trasladar en 1509 sus restos al monasterio de Cartujos en Sevilla y grabaron sobre su tumba, el siguiente epitafio:

“Por Castilla y por León, Nuevo Mundo halló Colón”. 

Colón moriría una vez más en esta vida, arrojado a los brazos de la calumnia y denostado por sus errores, en vez de elevado a la categoría de mito por su increíble hazaña.

El destino quiso que ni el nombre del nuevo continente fuera inspirado en el suyo. Tan solo Colombia ha sido el país que lo supo recordar.

Incertidumbre sobre sus restos.

La incógnita persiguió la imagen del ilustre Navegante más allá de su muerte. La discusión de expertos se centra también en tratar de aclarar dónde está realmente enterrado Colón.

Y lo cierto es que la duda parece razonable, teniendo en cuenta que sus restos mortales viajaron casi tanto como lo hizo el histórico personaje en vida.


Se dice que en 1523 los restos de Cristóbal Colón fueron trasladados junto a los de su hijo Diego, a la Isla de La Española. Allí, en la Catedral de Santo Domingo, su cadáver reposó hasta que en 1795 España cedió a Francia la totalidad de la isla a raíz del Tratado de Basilea. Sus cuerpos fueron de nuevo exhumados y trasladados a la catedral de La Habana, hasta que Cuba logró su independencia de España en 1898 y los restos de Colón regresaron a Sevilla para ser enterrado en su Catedral.

Sin embargo, tanto España como República Dominicana siguen asegurando al día de hoy que los restos mortales de Colón permanecen en su territorio. España basa su afirmación en pruebas de ADN realizadas en la osamenta. República Dominica por su lado alega que las exequias del Almirante nunca abandonaron la Isla, dado que el 10 de septiembre de 1877, mientras se ejecutaban unas obras en la Iglesia Metropolitana de la capital caribeña, unos obreros dieron con una caja metálica que llevaba la inscripción “Cristóbal Colón” y que contenía restos de huesos.


Lo cierto es que ante ese hallazgo, en presencia de Monseñor Rocco Cocchia, delegado apostólico ante las Repúblicas de Santo Domingo, Haiti y Venezuela, fueron confeccionadas tres ampollas de vidrio que contenían, cada una, una pequeña cantidad de las cenizas, presuntamente de Cristóbal Colón. Estas ampollas fueron destinadas respectivamente al Pontífice, a la ciudad de Génova y a la Universidad de Pavia.

Las ampollas salieron de Santo Domingo solamente tres años después, el 25 de marzo de 1880, con un acta suscrita por el mismo Monseñor Cocchia, con los sellos del notario Joaquin Maria Perez y del cónsul italiano en Santo Domingo, Luigi Cambiasso.

El legado de Colon.

Contra toda opinión, contaminada de ideología, la hazaña del Ilustre Navegante genera, con su colosal “revelación”, el impulso decisivo para una expansión económica sin precedentes de la civilización europea.

Es el pistoletazo de salida para la conquista y colonización, por varias potencias occidentales, del continente americano, con las terribles inercias de las guerras y conflictos entre sí, por capitalizar los beneficios de aquel nuevo mercado.

Sin embargo no puede juzgarse y mucho menos culparse a Cristóbal Colón por algunos  tristes capítulos de la historia acecidos posteriormente al descubrimiento.

Hay que aprender a contextualizar los hechos del pasado. El pensamiento moderno es muy distinto a aquel de quinientos y más años atrás. Las acciones del pasado deben ser observadas y valoradas en su complejidad y no juzgadas bajo una óptica actual de retrospectiva. En la época en que se dio el descubrimiento del nuevo continente y en los siglos venideros, ocupación, dominación y evangelización, eran prácticas comunes y admitidas en el mundo entero. Sin embargo Colón llegó a América con el auspicio de los Reyes Católicos che albergaban un proyecto que en su origen era bien distinto al de la cruda dominación.

Con todas sus limitaciones, pecados y desviaciones, Cristóbal Colón, fue artífice de un proyecto cultural grandioso y riesgoso que favoreció entre otras cosas la evangelización de los pueblos indígenas, muchos de ellos sumidos en el paganismo y en la práctica de ritos crueles, salvajes y barbáricos.  

El atentado contra la memoria histórica.

Mucho menos favorecen al panorama los recientes deplorables actos de vandalismo e irracionalidad, que han sido dirigidos contra la imagen del ilustre Navegante, disfrazados bajo la bandera del “antirracismo”.

Bochornoso por ejemplo aquel acaecido en la capital del Estado de Ohio, donde se removió la estatua dedicada a Cristóbal Colón. El Alcalde demócrata Andrew Ginther había declarado que la estatua “representaba patriarcado, opresión y división”. Hecho bastante extraño si consideramos que la ciudad se llama Columbus en honor al conocido Almirante.

Remover el pasado, eliminado las estatuas de sus protagonistas, borrar sus nombres de las vías, impedir que se hable de ellos en escuelas y universidades, son pretensiones ideológicas. Se iniciaron históricamente muchos movimientos violentos como el de los “Black Lives Matter”, que ahora tienen en la mira al Almirante Italiano. Nacieron siempre  en nombre de la justicia y desembocan luego en revolución, que no es otra cosa que el intento de escalar ellos mismos al poder. ¿Donde se ha visto que quien actúa en nombre de la justicia pone en zozobra ciudades enteras destruye símbolos y derriba estatuas?

Las acusaciones de los llamados “movimientos para los derechos civiles” en contra del descubridor de América, han llevado a pensar en algunos estados Americanos a la abolición del "Columbus Day", una tradicional fiesta a la cual participa la comunidad ítalo-americana, para convertir dicho día en un “Indigenous Day”.


Ante todo esto recordemos el precedente acaecido en Venezuela. En 2002, el entonces Presidente Hugo Chávez firmó un decreto con el cual el tradicional "Día de la Raza" pasaba a denominarse "Día de la Resistencia Indígena". Dos años después, el 12 de octubre de 2004, varios grupos violentos afines a su revolución, derribaron la estatua de Colón, que se encontraba en la céntrica Plaza Venezuela de la capital.

Cristobal Colon no se toca.

En defensa de unos de los símbolos de Italia en el mundo, se pronunció el presidente Dondald Trump, remarcando como la valiente  proeza de Colón ha inspirado a tantos otros a perseguir sus propios sueños y convicciones  aún frente a grandes incertezas y obstáculos. Así mismo puso en relevancia los estrechos lazos entre USA y el país de origen del Navegante, Italia,  subrayando que Cristóbal Colón «representa la rica historia de la importante contribución italoamericana al crecimiento y desarrollo de nuestra Nación».

Mientras tanto un nutrido número de ciudadanos de New York, hizo llegar una comunicación al Alcalde Bill Di Blasio, advirtiéndole que no ceda a las peticiones de remover la estatua del Almirante que se encuentra erigida desde 1892 en el Columbus Circle.