Florencia, Italia

Como todos ustedes comprenderán, en Florencia, siendo una ciudad frecuentada por muchos turistas, en cada plaza y callecita, hay lugares para el refrigerio y el reposo de sus visitantes... me encuentro sentado en una característica refresquería de Piazza Santa Croce, la cual frecuento con asidua regularidad, en espera de mi cafecito tinto... es allí, entre el ir y venir de la multitud, que noto, en el barandal de madera que nos separa de la augusta calle, un letrero publicitario con el anuncio de una conocida marca de reloj, que propone su nuevo modelo... estéticamente agradable como publicidad, a su vez la línea del diseño del reloj propuesto sobria y clásica, de claro estilo italiano... mi mirada, en su descuidado buscar, me lleva a posar los ojos en la parte superior del techo de lo que queda de un viejo monasterio de edad medieval, donde se encuentra una antigua “Meridiana”.

La Meridiana o reloj de sol, es un instrumento usado desde tiempos muy remotos, para medir el pasar de las horas, un mecanismo simple, que usando una varillita, al reflejo de su sombra, permite marcar una posición que indicará cada día un preciso momento del paso de la luz solar. —Pero... hablando de relojes antiguos, tengo que hacer alusión también a la Clepsidra o reloj de agua, que data de la antigüedad egipcia, y que era usada generalmente en la noche, cuando los relojes de sol no eran útiles, por razones obvias.— Soy interrumpido en el divagar de mis pensamientos por la llegada de mi cafecito, pero ya siento que en mi mente se han conjugados esas premisas que activan el gran juego de las memorias, que a través de los objetos nos abren el camino de chispeantes reflexiones.
El reloj de pulsera, esa cajita de metal que contiene pequeñísimas piezas mecánicas y modernísimos chip electrónicos, amarrados con correitas para el pulso de piel o de plástico —de una increíble infinidad de colores— ha pasado a ser un objeto que hace parte de nuestra vestidura cotidiana, pero esconde una de las hazañas más grandes que el pensamiento humano haya realizado: El salto en la oscuridad para controlar el Tiempo.

Florencia —una ciudad del renacimiento—, siendo, primero que todo, la Ciudad del Crecimiento Humanístico, donde el poder de la sabiduría, de la búsqueda de la dimensión del hombre, a través de su desarrollo intelectual, retaba al oscurantismo en algunas concepciones religiosas limitadas, llenaba la ciudad con MERIDIANAS SOLARES, que generalmente eran colocadas en la parte superior como mensaje de que el intelecto del hombre toma la parte superior de las cosas divinas... y aquellas terrenas sus dimensiones de moralidad individual... da una señal del reto repetido y cumplido por el hombre a través de su historia. Y una nueva visión de comprender la parte ancestral de lo divino.

El control del TIEMPO, desde la aurora del hombre, fue un salto en la oscuridad, porque los fenómenos y caprichos de la naturaleza eran interpretados como señales de lo divino, del castigo de Dios o de dioses ansiosos de sacrificios, de macabros rituales de agradecimiento... El reto del hombre en comprender y descifrar lo misterioso era enfrentar un territorio desconocido, el entrar en la parte oscura del miedo y desvelar la verdad de las cosas, los profanadores del ignoto se ingeniaban por tratar de dominar el pasaje del periodo que cumple la luz, a la llegada de la noche oscura... y así fue que, caminando en esta dirección, no solo llegan a controlar y a organizar el tiempo, ellos desarrollan sus estudios del inmenso manto celestial, de sus astros y de los espacios infinitos.

Un reto repetido en el tiempo, que ha dado lugar y dimensión de las cosas que tocan al hombre en este Universo... y llevando a colocar las necesidades ancestrales de lo divino, al lugar que le compete... el comprender el mecanismo del tiempo no es contrario al credo religioso, porque las esferas oscuras ayudan al credo de las supersticiones y no al acto de una verdadera fe.

Alzo la mirada, respirando el aire que circula en esta bellísima plaza renacentista, llamo a la camarera para pedir mi cuenta... y, al llegar a mi mesa, le pregunto cortésmente:
—“¿Qué hora es?”—... ella, con una pícara sonrisa, comprendiendo que pertenezco a aquellas personas que no usan reloj de pulso, me dice, con voz gentil y dulce:
—“Es la hora de que se compre un reloj, don Aristides”—.