"La danza es poesía porque su objetivo final es expresar sentimientos, aunque sea a través de una técnica rígida. Nuestra tarea es hacer que la palabra pase por el gesto". El Teatro La Fenice de Venecia ha decidido recordar a Carla Fracci con esta cita, que tiene la capacidad de unir, obviamente con gracia, las dos expresiones decisivas cuando se habla de ballet: "sentimientos" y "técnica rígida". Dos aspectos que la grandeza de la prima ballerina supo unir, ofreciéndonos la manifestación de que, en cierto sentido, podían coexistir sin parecer una contradicción o, peor, un oxímoron. Entonces queda el asombro ante la interpretación de una Julieta o una Giselle, pero también la fatiga, el dolor, el cuerpo llevado a sus extremos de posibilidad.
Carla Fracci, que nació en 1936 en un Milán obrero e ingresó en la escuela de ballet del Teatro alla Scala a los 10 años, sigue siendo conocida por su extraordinaria capacidad para mantener unidas, en su figura siempre efímera, las dos almas lacerantes de la profesión de bailarina, de étoile, llegando, en el imaginario colectivo, a tener un papel en la historia del siglo XX comparable al de Maria Callas, pero manejado, si se puede decir así, con mayor medida, con gran modestia, con una elegante compostura que en cierto sentido es otra de las cifras de su grandeza. Quizás también de una imposibilidad de pensar en el mundo si no es en forma de escenario en el que dar la forma más extraordinaria posible a esa técnica tan rígida que uno lleva en el corazón sin poder olvidarla nunca.
Los obituarios utilizan hoy, con razón, superlativos; la Scala de Milán, de la que Carla Fracci era uno de los símbolos, la ha definido como "una figura legendaria", cuya historia oficial comenzó con una Cenicienta el 31 de diciembre de 1955, para sustituir a la primera bailarina de la Ópera de París. Fue un triunfo, cuentan las crónicas, así como el inicio de una inmensa carrera, que comenzó, si se me permite el obvio juego de palabras, de puntillas, como ocurre en el cuento de la niña que encuentra a su príncipe azul gracias al zapatito de cristal. Una vez más, belleza extrema y fragilidad extrema. Unidos, inextricables, fundidos en el primer gesto de la bailarina en aquella memorable Nochevieja de hace 66 años.
Tal vez hoy sea justo recordar ese primer momento sobre todo, para conservar el asombro, la escurridiza singularidad, el sentido de una historia que estaba a punto de comenzar y que llevaría a la niña, hija de un conductor de tranvía, a recibir ovaciones en los escenarios más importantes del mundo, a bailar con Nureyev o Baryshnikov, a convertirse, según el New York Times en 1981, en la "primera bailarina absoluta", así como en directora de teatros y compañías de danza, y mucho más, desde la televisión hasta la escritura. Pero cuando una historia termina, al menos en una de sus muchas formas, nada brilla más que el momento en que comenzó, cuando todo estaba aún a punto de suceder, un momento antes de hacerse realidad. Mientras toda esa gente del público la miraba, la joven de diecinueve años que era.