¿Cómo va la campaña de vacunación en Italia? Bien, muy bien, o más bien mal. Pero más que las impresiones cuentan las cifras: 20 millones de italianos (en su mayoría ancianos), recibieron la primera dosis de Pfizer, Astra Zeneca o Moderna, pero sólo 8 millones han recibido la segunda dosis. ¿Y los demás? De los 21 días previstos para la segunda dosis, se pasó a 2, incluso 3 meses. Medio vacunados medio salvados: entonces podrán recibir ese fantasmal pase verde,  para la libre circulación, del que todo el mundo habla pero hasta ahora no ha visto ninguno.

Aunque disminuyen los contagios, los ingresos en cuidados intensivos y las muertes, no todo va bien. ¿Por qué? En primer lugar, esa bendita subdivisión de Italia en regiones, por la que cada trozo de Italia hace lo que le da la gana, de manera que unas regiones van por delante (Lacio, Véneto, Lombardía) y otras van por detrás (Cerdeña, Sicilia, Basilicata). Sin embargo, desde que Mario Draghi se ha convertido en primer ministro y ha nombrado al general Figliuolo responsable de la campaña de vacunación (con el infalible traje de camuflaje y sombrero alpino), la situación ha mejorado con creces. Se necesitó un militar para hacer funcionar la máquina de vacunación, muchos asienten.

Usted reserva su vacuna.Pero nadie responde.
Tras la mala gestión del gobierno de Conte, Italia ha despertado, pero aún queda por resolver el pecado original de la desorganización italiana: esa mala praxis que siempre ha asolado al país, ese sistema sanitario sostenido con vendas y parches. Gracias a la tecnología puedes inscribirte en el plan de vacunas a través del ordenador de tu región, ponemos todos los datos pero nadie se digna a contestarte, para confirmar que lo han recibido. Imagina que llamas por teléfono o te presentas en un Asl. Esperas tan desprevenido como un cuco y luego puede que te llamen -de forma sorprendente y urgente- un par de días antes. Es también para que el capitán de las paradojas: un empresario Piamonte se inocularon dos dosis de la vacuna, una chica toscana incluso cuatro, o como ocurrió en un pueblo de Umbría, donde fue convocado para la inyección que el abuelo Homero, y porque no se presenta se descubrió que había estado muerto durante treinta años.
"Agli italiani puoi far cambiare tutto tranne la testa", repetía a menudo Montanelli. Y también lo confirma la campaña de vacunación anti-Covid. Dada la emergencia en los centros de vacunación se administra lo que está disponible en el momento, pero un tipo reclama a Pfizer, el otro rechaza a Astra Zeneca, un tercero pide que se le garantice la inmunidad de por vida. Y se lleva la puerta. Entonces, como en las comedias de Pirandello se acumulan los malentendidos: además del frente de los no-vax (es decir, los que no quieren saber de la vacuna), también hay médicos y enfermeras que, aunque trabajan en contacto directo con pacientes de Covid, dicen no tener intención de vacunarse.
¿Qué hacer en estos casos? ¿Despedirlos? ¿Obligarles a vacunarse? Como la Constitución no permite ninguna de las dos soluciones es el compromiso habitual: la sanidad no-vax seguirá trabajando en los hospitales pero con tareas diferentes.

El mal chantaje del poder judicial.
No ignore, pues, el feo asunto de los magistrados. En Italia empezamos a vacunar a partir de las categorías en más estrecho contacto con el público: médicos y enfermeras (obviamente), policías y agentes de tráfico, profesores y conductores de autobús, etc... por lo tanto según una lógica que no hacía pliegues. Incluso si, por ejemplo, no se incluyera a los dentistas que trabajan en las bocas abiertas de la gente.
En este punto, ¿qué ha pasado? Sucedió que la Orden de Magistrados se tomó el sombrero y declaró que si no se vacunaban urgentemente colgarían el toghe al clavo y cerrarían los juzgados. A sabiendas de causar un inmenso daño a la comunidad que ya se ve obligada a esperar años por una sentencia para una justicia que funciona a paso de tortuga. En definitiva, la de los jueces y magistrados ha resultado ser un verdadero chantaje para el gobierno y el país.
Pero el general Figliuolo sigue en su campaña de vacunación con la cabeza alta y sacando pecho, con Draghi que en las sombras le azuza e incita. Mientras tanto, los italianos intercambian a diario vía WhatsApp caricaturas y chistes sobre la pandemia. Ya que hay poco que reír, al menos sonreímos. Y esperamos. Porque, como decía el gran Ennio Flaiano, hay que preguntarse: ¿la situación es seria pero no es grave, o es grave pero no es seria?


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