Santa Ana y sus alrededores

A través de los siglos grandes cantidades de inmigrantes de diferentes partes del mundo consideraron nuestro istmo como el destino ideal para asentarse. Españoles, chinos, italianos, griegos, hebreos, indostanos, por mencionar algunas nacionalidades, todos por igual, vieron Panamá como destino para hacer vida, sin olvidar sus raíces entrelazando su cultura, religión, idioma y gastronomía con la local y uniéndose para mantener vivas las tradiciones.

En el caso de la comunidad italiana, a través de los años, los asentamientos se dieron en diferentes partes del país. La historia es partícipe de cómo los italianos al ir llegando a Panamá, trataban de vivir cerca unos con otros para apoyarse social y económicamente.

Hoy nos adentraremos en las décadas de los 30, 40 y 50, años en los cuales se establecieron un gran número de familias italianas en los tradicionales barrios de Santa Ana, San Felipe y sus alrededores jugando un rol importante en la economía del país gracias a los negocios que allí surgieron, incluso algunos aún activos en nuestros días.

La historia cuenta que muchos al llegar a Panamá, en su mayoría jóvenes y sin familias en busca de un mejor futuro, optaban por mantenerse en el anonimato como ciudadanos italianos en el istmo prefiriendo así una nueva vida dentro del territorio panameño teniendo, como único vínculo de sus raíces, a sus familias y connacionales allí asentados, dando como resultado una población italiana no contabilizada ni inscrita durante décadas.

Pero hace algunos años, con el fin de tener más referencias de los italianos asentados en esas épocas, en los populosos barrios antes mencionados, Domingo Lapadula, historiador innato, se dispuso investigar los registros de matrimonios y bautizos de las iglesias del sector de Santa Ana y San Felipe para saber el origen de algunas familias y cuál fue su asombro al percatarse que muchos de los italianos que allí se radicaron, al casarse y tener hijos registraban sus matrimonios y bautizos de sus hijos en los libros parroquiales de las Iglesias, dando muestra fehaciente de la existencia de cientos de nombres y apellidos de la comunidad italiana allí plasmados reposando en las iglesias del área en total anonimato.

Entre las muchas familias de la comunidad que vivieron durante esos años en estos barrios y sus alrededores, pude lograr obtener algunos testimonios de sus historias y de otros por lo menos lograr saber que allí vivieron, y que negocios tuvieron; los Silvestri, los Lagrutta, los Latorraca, los Martino, los Gugliotti, los Averza, los Esposito , los Russo, los Petroccelli, los Ameglio, los De Marco, los Ferrabone, los Lapenta, los Rocco, los Cassino, los Maimone, los De Luca , los Maggiori, los Caropresso, los Vaccaro, los Nicosia, los Ciniglio, Los Medaglia, Los Calvosa, los Sabello, los Albano, los Bonifatti ,los Pedreschi, los Carbone, los Yaniccelli, los Cava, los Bonadies , los Donato, los Scarpetta, los Pugliese , los Mazzo, los Pezzotti, los Griffo, los Lopolito, los Revello, los Del Vecchio, los Cappelli, los Spirito, los Alessandria, los Stanziola, los Miraglia, los Chichiliani, los Pardini, por mencionar algunos de una lista larga.

A continuación, inicio el recorrido por la historia de las diferentes arterias de los barrios de Santa Ana, San Felipe y sus alrededores llegando hasta más allá de calle Estudiante y las Avenida Ancón y Nacional para terminar en el sector de Calidonia, en donde gran cantidad de italianos formaron parte de ese asentamiento que fue motor de una economía creciente en esos sectores del país.


Por los años 40´se pudo corroborar que en el área se Santa Ana, en particular en las calles 12, 13, 16 y 17, calle C , calle J, calle B y la Avenida Ancón debido al auge del tránsito de las tropas americanas por nuestro istmo se popularizaron las denominadas cantinas (locales estilo bares) tales como la cantina Filadelfia de Benedicto Martino el cual estaba casado con Carmela Cruscumaño y la cual también regenteaba el Restaurante Carmela; la cantina La Nueva España de Antonio Alessandria; la cantina US Bar de Antonio Pugliese; la cantina y billar La Aurora administrada por Giuliano Borace Lopolito y Maria Zicari de Borace; la cantina La Panameñista la cual inició con Nicola Gugliotti y su hijo Umberto Gugliotti al mando para posteriormente ser adquirida por los hermanos Ianiccelli quedando Luigi Ianiccelli encargado en los años siguientes; el restaurante y cantina de Luigi Maimone; la cantina Citta di Verona de Pasquale Ciniglio en Calle B Santa Ana; la Cantina Búfalo de Pascual Russo la cual posteriormente quedó a cargo de su yerno Federico Pace; Paolo Lapenta por su parte, tenía un bar llamado Panamá y el bar Aida de Tomamasino Vaccaro y su esposa María Teresa Lamboglia.

La familia Averza por su parte también contó con un bar/cantina llamado El Ovalo. Igual tuvieron sus cantinas Francisco Nero, Andrea Lapadula y la familia Lopolito.
Ya hacia las afueras, en el sector de Calidonia, podemos mencionar a: José Martino que en calle M estableció su cantina Los Tres Arcos; a  María Martina Capuano de Donato que era dueña de la cantina Tívoli; la cantina de Nicola Antonio de Luca Ciudad de Roma; a Giacinto Russo La Vitola que tuvo la Bodega La Liberal en la esquina de la Casa Miller frente al mercadito de Calidonia y la cantina Frank de Francisco Silvestri que originalmente fue de su madre Lucia Miraglia.

Gracias al auge de esos años, en 1949 se renueva uno de los clubes nocturnos más conocidos del país y de la región el Happy Land. Su dueño era el empresario Luis Donadío Demare.

Este Club estaba ubicado en la Plaza 5 de Mayo frente a lo que fue el museo Reina Torres de Araúz. El club nocturno fue famoso por la cantidad de estrellas de la farándula de la época que allí se presentaron, así como también reconocidas bailarinas y coristas de toda América.

Como dato curioso, en dicho club nocturno trabajo María Estela Martínez, una bailarina​​ argentina mejor conocida por su apodo como Isabelita, quien en Panamá conoció al ex presidente argentino Juan Domingo Perón a finales de 1955 convirtiéndose posteriormente en la tercera y última esposa de Juan Domingo Perón.

Los italianos viendo el auge económico del área se fueron aventurando en otros negocios según sus habilidades o experiencias familiares como barberías, restaurantes, joyerías, casos de empeños, zapaterías, entre otros muchos. Algunos se destacaron y se mantuvieron en la misma actividad hasta nuestros días haciendo de sus nombres una marca reconocida en la sociedad como fue el caso de Enrico Iovane, Pedro Ameglio, Mario Bonadies y Tony Spirito, por mencionar algunos que ampliaré en próximos artículos.

Siguiendo el recorrido por el pasado podemos mencionar entre las actividades desarrolladas por la comunidad: la joyería La Mina de Oro de Pascual Ditrani y Andrea Lapadula; La Joyería Lagrutta de Antonio Lagrutta que posteriormente se llamaría Joyería Santa Ana. En el sector de Santa Ana existió también una joyería que perteneció la familia Viggiano Bloise así como también la joyería de Rocco Sabelo.

La experiencia culinaria también se vio representada por esos años en el sector con un número plural de restaurantes italianos que deleitaron a muchos panameños con ricos platos de las diferentes regiones italianas.

Por mencionar algunos: el restaurante El Panasone que inicialmente perteneció a Mercedes Leonardi de Grifo y Giuseppe Grifo entre 1910 a 1920 y que posteriormente paso a manos de la familia Ciniglio portadores de una historia gastronómica.

En 1946 Angela Grifo de Stagnaro y sus hijos Giovanni, Giuseppe y Rosella Stagnaro abrieron La Flor de Génova en el Marañón. Igual ocurrió con Humberto Marrone que tuvo el Café Estudiante en la calle del Instituto Nacional; el Restaurante y Café La Lotería de Pietro Giuseppe Bloise el cual quedaba al lado de la agencia de la Lotería Nacional.

En el área, durante esos años, reconocidas damas de la comunidad italiana como Maria Cardone de Martino, Lucia de Silvestri, Maria Zicari de Borace y Maria de Esposito se distinguieron igualmente ofreciendo, en sus respectivos restaurantes, los más variados platos de la cocina italiana. Hoy en día, aún son recordadas por la comunidad como pioneras de la cocina cacera.

La lista de italianos emprendedores de la época siguió creciendo en estos sectores de la ciudad por mencionar: La Zapateria de los Tres Hermanos de la familia Latorraca, La Tienda La Cholita de Rossina Stabile de Rotondaro, la sastrería de Pepe Nicosia, la barbería Le Figaro de Guillermo Mazzo por la plaza de la Independencia y que posteriormente se llamaría La Barbería del Hotel Central, la Pensión Pardini de Cesar Pardini, la Fábrica de Hielo y Leche Ameglio de Pedro Ameglio Tibaldero, el almacén de la familia Petroccelli dedicada a la venta de relojes, la fábrica de Pastas La Reina de Alberto Maggiori Pecorini en el sector de Calidonia, la empresa Canalpa de Stefano Cermelli dedicada a la distribución de productos médicos en todo Centroamérica que estuvo ubicada en la Av. Nacional así como también a Luis Salvador Bertoia que vivió en Santa Ana en el histórico edificio La Pollera y fundó la compañía distribuidora Crusal.

Los italianos de la época se deleitaban con el programa de radio “La Voce di Italia” el único eslabón que unía a la colonia italiana con sus raíces a través de Giuseppe Motta Distefano quien era la voz radial de los italianos durante esos años. En este programa participó Humberto Vaccaro destacado pianista que deleitaba a los oyentes con sus interpretaciones.

La Sociedad Italiana de Beneficencia, en ese entonces, observando el auge económico por parte de los italianos que allí residían, decidió mudar su sede al sector de Santa Ana, entre la calle 12 y la Av. B frente a la bajada del Ñopo. Siendo presidentes de la Sociedad durante esos años: Carlo Audisio, Andrea La Padula, Rosario Latorraca, Rocco Viggiano, Giovanni Nicosia, Giorgio Dall’Orso, Enzo Albano, Giovanni Cermelli, Vincenzo Albano y Domenico Alessandria todos vecinos del sector. La Sociedad Italiana durante esos años fue administrada por Giuliano De Marco igualmente vecino del sector Santa Ana.

Ya a finales de los años 50 la ciudad fue creciendo y extendiéndose y muchas de las familias italianas se trasladaron a otros sectores de la ciudad capital así como también a las provincias de Colón, las provincias centrales, Veraguas y Chiriquí, quedando hoy en día solo vestigios de lo que fue una de las épocas doradas de nuestra colonia.

Finalizo este artículo con la idea de haber plasmado un extracto de la extensa historia de nuestros padres y abuelos para deleite de los lectores. Una historia que ha pasado de generación en generación sin estar documentada y que gracias al aporte oral de amigos de la comunidad se hizo posible la transmisión de estos datos históricos al formato escrito y perdure como un legado para las futuras generaciones.