Hay muchas trampas de las cuales debemos escapar para poder disfrutar de una buena relación con nuestros perros.

La primera es el lenguaje con el cual nos referimos al desarrollo de ese vínculo que compartimos con ellos, usualmente escuchamos de "correcciones", "comandos" y "dominancia".

Esto acompañado con el ejemplo cultural de hablarles con firmeza y en un tono casi que amenazante nos atrapa en un contexto que no deja mucho lugar para entenderlos y ayudarles a entendernos, por el contrario, genera expectativas inalcanzables de una obediencia militar y frustraciones innecesarias cuando no siguen nuestros comandos al pie de la letra. 

Peor aún es el contexto de dominancia en donde esas frustraciones innecesarias son categorizadas como faltas de respeto a una jerarquía imaginaria. 

Por otro lado, también el lenguaje puede atraparnos en situaciones donde dejamos de educar a nuestros perros y solamente nos dedicamos a consentirlos, especialmente cuando los tratamos como bebés o niños consentidos que pueden siempre salirse con la suya. 

Peor aún es cuando debido a las situaciones que ha vivido ese perro en particular, ya sea algún trauma de cachorro, en especial por abandono, perpetuamos comportamientos problemáticos y los justificamos debido a ese evento en vez de buscar la manera de ayudarlo a superarlo. 

Como todo en esta vida, la relación que cultivamos con nuestros perros es un acto de equilibrio, uno que, si bien está lleno de amor, debe estar igualmente lleno de disciplina. Por disciplina no me refiero a castigos, esta es la peor connotación de esta palabra, me refiero a paciencia, consistencia y estructura a la hora de cultivar la relación con los miembros caninos de nuestras familias.

En esta serie los invito a revaluar le relación que nuestra cultura nos limita a tener con nuestros perros, a tomar en cuenta sus necesidades, sus instintos, su comunicación y la forma en la que nos vemos a través de sus ojos y narices.

Humberto Janer Rubio