El Día de la Mujer tiene su origen en los movimientos políticos a favor de los derechos de la mujer a principios del siglo XX, en particular en una tragedia ocurrida en 1908, en la que algunas trabajadoras de una fábrica textil de Nueva York perecieron en un incendio laboral.

Durante muchos años, el Día de la Mujer se situó en días diferentes según el país que lo celebraba; el 8 de marzo, adoptado en recuerdo de la segunda conferencia internacional de mujeres comunistas de 1921 y el establecimiento en ese día del "Día Internacional de las Obreras", se convirtió en una fecha compartida sólo en años posteriores.

Muchas, demasiadas, mujeres, desde entonces, han caído en los caminos de la emancipación femenina y de la conquista de la igualdad de género, pero esto no debe sugerir de ninguna manera que estos sacrificios pertenecen a un tiempo remoto y lejano.

Nuestro mundo contemporáneo, por desgracia, sigue tristemente ensombrecido por situaciones en las que las mujeres, las hijas, las esposas y las madres trabajadoras son víctimas de la prevaricación, a veces hasta perder la vida, por su papel de impulsoras del cambio social, en contextos culturales que se niegan a aceptar su meritorio compromiso personal, profesional y social y, de hecho, se oponen a él.

Hace unas semanas, en enero, en Kabul, dos magistrados, jueces que prestan servicio en el Tribunal Supremo, fueron asesinadas a tiros por un hombre armado en una motocicleta. De nuevo, hace unos días, en Jalalabad, tres mujeres, estimadas profesionales que trabajaban como locutoras para una cadena de televisión afgana, fueron asesinadas cuando regresaban a sus casas después del trabajo.

Se trata de verdaderos actos de agresión ideológica, atentados llevados a cabo por franjas extremas del radicalismo intransigente que no acepta el inicio ventilado de una vía de paz y normalización en el país y que ve la emancipación de la mujer como un riesgo extremo, que hay que combatir con todos los medios disponibles.

El valor simbólico de estas agresiones a las mujeres trabajadoras y de dimensión familiar es evidente, por lo que son testigos de un cambio cultural que se manifiesta sistemáticamente en sus relaciones afectivas y, sobre todo, transmisible, a través de la vía educativa y formativa, a sus hijas e hijos. Estas mujeres son ejemplos vivos de una posible liberación del sometimiento patriarcal al hombre y por eso están bajo el fuego del fundamentalismo extremista y violento.

A su sacrificio, a sus vidas, hay que homenajear en este 8 de marzo; nos gusta pensar que sus estudios (todas eran licenciadas o con un alto nivel de formación) y el entorno académico al que asistieron constituyeron la matriz ideal para generar el interés hacia los valores de libertad, igualdad y dignidad igualitaria por los que sus vidas fueron suprimidas.

El 8 de marzo es una efeméride que evoca muchas cuestiones que siguen abiertas y que en este último año han aflorado con fuerza por la emergencia sanitaria. Las nuevas formas de organizar el trabajo, la reclusión forzosa y la falta de apoyo adecuado a las familias, nos han obligado a repensar el "trabajo" de cuidar a los niños y a los ancianos.

Se trata de un trabajo que sigue recayendo con demasiada frecuencia en las mujeres, lo que dificulta aún más la conciliación de la vida laboral y familiar. Esta situación sólo puede cambiar si existe un verdadero reparto de las tareas familiares, que implique a hombres y mujeres por igual.

No debemos tener miedo del tiempo que dedicamos a la crianza de los hijos, al crecimiento, independientemente de nuestro género; al contrario, es un tiempo invertido en la formación de las nuevas generaciones. Generaciones futuras para las que, espero, el trabajo de los cuidados se repartirá equitativamente entre los miembros de la familia, sin estar sometidas a reglas más o menos explícitas de la sociedad y del Estado, correspondientes a un modelo de familia que ya no es aceptable.

Habrá, espero que pronto, un futuro en el que el Estado ponga a la familia en condiciones de crecer de forma sostenible. Cuando el cuidado de la familia no requiera necesariamente renunciar o retrasar la realización de las aspiraciones individuales, de los propios talentos, de la satisfacción individual.

El 8 de marzo es el Día Internacional de la Mujer, pero hay que recordar que los cambios en la sociedad son los que primero se entienden y luego se promueven por el conjunto de la sociedad. Debemos partir siempre de una conciencia compartida tanto de las especificidades como de las diferencias.

La dimensión de género, a menudo olvidada, es un factor de enriquecimiento y no de empobrecimiento, debe convertirse en un método a seguir en general en la vida social y en particular en cada fase de la investigación académica y científica. Tanto es así que la consideración de esta dimensión de género aumenta la productividad y mejora el bienestar laboral, así como la calidad de la investigación científica.

Hoy en día ya podemos destacar algunos cambios en la sociedad y especialmente en los jóvenes de ambos sexos, pero tenemos que acelerar este proceso. Necesitamos construir junto a los hombres un espacio que incluya a ambos, que incluya y aproveche el potencial de las diferentes formas de trabajar, gestionar, potenciar y existir de todos de forma inclusiva y no excluyente.

Espero que este día no se limite a su valor comercial, a la celebración de un género promoviendo una separación como fin en sí mismo, sino que nos haga reflexionar y tomar conciencia para llegar cuanto antes a una sociedad inclusiva que promueva un crecimiento sostenible para todos.